A veces la vida duele, duele por cosas que no se pueden superar y que pasaron hace ya algunos años.
Hay heridas que ni un frasco de povidona yodada puede curarte, hay pesadillas que no puedes olvidar y médicos que te dicen lo que debes hacer para olvidarlo todo.
Hay instantes en que la vida te supera, te pasa por encima como si de un tren de mercancías, y a veces el mismo tren de la vida descarrila.
La mente intenta olvidar, y cuando se satura ya no hay nada que hacer, la vida se convierte en un cúmulo de recuerdos negativos que atormentan mis días y los de quienes me rodean.
Para curar heridas siempre quedan las tiritas del amor de aquellos que nos quieren y que nos han querido siempre. Aunque no ser querida por más gente, duela bien adentro.
Me hago mayor, que no vieja, y por mi cabeza pasan recuerdos de una vida familiar, que aun sigue adelante, y recuerdos de una vida nueva que no sé como sacar adelante pues él me quiere pero ninguno de los dos podemos curarnos el mal que otros nos dejan.
24 cofradías desfilaron ayer por las calles de Zaragoza en el Santo Entierro. Más de tres horas de procesión en las que se pueden ver detalles que se nos escapan de la vista algunas veces.
Las procesiones de Semana Santa esconden detalles que apenas vemos, salvo que estemos en primera fila o que sepamos que están presentes. Un pan de hogaza de la Santa Cena, o un santo en la carroza de un paso, coronas de espinas, cofrades con cadenas, botafumeiros, parches de instrumentos pintados con imágenes propias, ramas de olivo, niños comiendo galletas... en fin, las procesiones son algo más que una sección instrumental y una virgen dolorosa.
Son para los que las vemos desde fuera un momento de oración, y de buscar en cada cofradía a aquel amigo o a ese familiar que forma parte del acto. Tres horas de caminata ininterrumpida en las que va cayendo la noche, en las que algunos lloramos de emoción y otros se sientan en sillas de playa para no cansarse.
Hay cofradías que salen de su iglesia horas antes de que empiece como tal el Santo Entierro y que después se recogen en el mismo sitio. Las calles adyacentes a la iglesia de salida se llenan de cofrades formados, sentados tomando un tentempié o rezando en misa.
Las palabras creo que no son suficientes para expresar una fiesta de Interés turístico Nacional que cada año atrae a más gente de la ciudad y de fuera, creyentes y no tan devotos. El año que viene más y mejor si es que se puede mejorar algo que a mí me parece casi perfecto, pues, coordinar a tanta gente no es fácil, que todo lleve el orden previsto, que no ocurra nada fuera de lo normal.
Espectacular, emotivo, emocionante, simplemente, Semana Santa de Zaragoza.
Siempre lo penúltimo que haces antes de salir procesionando, es ponerte el capirote o el tercerol, y por último te bajas la tela que cubrirá tu rostro, reduciendo tu campo de visión al de los orificios del capirote o tercerol.
Ves un extenso y nutrido público, compuesto por familiares, amigos, vecinos del barrio dónde salimos, y de calles adyacentes, compañeros de trabajo, “hermanos” que no han podido salir, “hermanos” de otras cofradías, antiguos compañeros de trabajo y hasta algún jefe, pero todos nos apoyan durante todo el recorrido.
A través de los orificios de mi capirote, veo a los niños pequeños, acompañados por sus padres, o abuelos,con tambores o bombos de juguete golpeando al unísono de las marchas.
* Parejas que dentro de un futuro cercano van a ampliar la familia.
* Otras, con su pequeño retoño en su carrito.
* Turistas y gente de otras culturas que habitan en nuestra ciudad.
* Padres que empujan la silla de ruedas de sus padres.
* Niños y algunos mayores, que se tapan los oídos al golpe de bombos, tambores…
* Personas que hablan por el móvil y les oyes decir que están viendo la procesión y que no te oigo por el ruido de los tambores.
* Cámaras de fotos digitales, algunas colgadas al cuello con objetivos, y otras sobre un trípode, lucen un punto rojo antes de que el flash aparezca, cámaras de vídeo que no pierden detalle, móviles con cámara grabando vídeo o sacando fotos.
* Otras personas matan la espera fumando, comiendo pipas, cacahuetes, maíz, o mezcla de frutos secos, beben agua o refrescos, o simplemente se dedican a conversar.
* También ves como recorre alguna lágrima el rostro, y los dedos secándolas.
* Veo las ojeras del cetro que pasa por mi lado y nos pregunta si vamos bien, también veo la raya negra en el ojo de la cetro que momentos más tarde pasa rápida por mi lado, veo el brazo en alto que indica el final de la marcha, que antes han marcado las “heráldicas”, y las gafas que intentan salir por los orificios del capirote del hermano que llevo a mi lado.
* Ves el final de una calle y el comienzo de la siguiente, el tráfico cortado y el agente de policía local en el tramo cortado.
* Ves como la tarde da paso a la noche, ves como la luz de las farolas nos iluminan.
* Se ven pasar los minutos y las horas de los relojes que indican la temperatura, que también la ves bajar algún grado.
* También veo los ojos color miel de la mujer a la que quiero, y con un simple gesto le indico que aun voy bien.
Termino, cuatro horas después de salir de la iglesia, con las manos hinchadas y los pies cansados. Me encuentro con aquella que me espera, y me fundo en un abrazo con ella.
Termino otro año más, emocionado, esperando que dentro de 365 días pueda ver las mismas cosas a través de mi capirote.
He aquí uno de los platos más solicitados por el jefe de la casa, vamos por el Avelino. Empanadillas.
El día que las hice, domingo, para que sea comida de día de fiesta, quería emular ese sabor que sólo mi madre sabe darles, con ese tomatico y pimiento con atún y demás.
Como me sobraron obleas, las rellené también de queso y de jamón/queso, rebocé además una calabaza y unos taquitos de queso tierno. De chuparse los dedos. Algo trabajoso sí que es, pero... ¿y lo bueno que está?
Tengo que probar también con gambas y palito de surimi, o con pollo.
Dulces con manzana y canela o con una confitura de castañas o naranja son ideales para postre.
Cuando mi madre las probó, dijo que ya no haría más, y se retiraba de la cocina, espero que no se le ocurra hacer eso, pues mi estilo es una mezcla del suyo, y del mio propio, pero nada como los guisos caseros.
Llevo unos días leyendo en la prensa críticas de gente que soporta el ruido de los tambores y bombos propios de esta Semana Santa. Algunos se quejan de que se oyen hasta altas horas de la madrugada, y no dejan dormir. Protestan porque oyen los ensayos durante tres meses, porque sacan imágenes religiosas, porque cortan el tráfico y porque es un acto religioso, y cada vez soportamos menos lo que tiene que ver con la religión.
Yo soy novia y amiga de cofrades, me gusta la Semana Santa desde que tengo uso de razón, entiendo algunas cosas pero no soporto la falta de respeto con la que se trata a los que creeemos en esto. A mí no me gustan las fiestas ni oir peñas, petardos y borrachos por la calle a las tres de la mañana y me aguanto. Entiendo que es la fiesta y que cada cual la vive a su manera.
Durante 15 años viví al lado de Interpeñas en el recinto de Miguel Servet y no podía dormir, pero nunca ofendí a los que no me dejaban dormir teniendo que madrugar la mañana siguiente.
Ahora vivo otra vez cerca del recinto ferial y entiendo sólo es una semana al año lo que puede molestarme y lo acepto. Nos estamos volviendo laicos, aconfesionales y no sé cuantas cosas más, queremos que no nos entierren en el cementerio, porque es un Campo Santo, y que quiten los crucifijos de las escuelas.
Cuando yo empecé la primaria (E.G.B.) se rezaba dos veces al día y teníamos un crucifijo en clase, nadie decía nada. De esto hace 20 años.
Nos quejamos porque sí, porque nos molesta ver imaginería religiosa, y porque no soportamos el sonido de una percusión aunque sea a las 2 de la mañana.
Puede gustar o no la Semana Santa, pero no cuesta nada respetar a los que participamos de los actos y ensayamos durante meses, y tenemos un hábito de 2 metros de largo en casa. Total solo es una semana al año, como la de las fiestas patronales que también respeto y que cada uno celebra a su manera.
Por tí sortearé a la gente por las calles, venceré a las tinieblas que nublan ahora mismo mi cabeza, dejaré de dormir para soñar y miraré a los ojos que me hieren cada vez que me miran.
Cuando caiga el sol, te buscaré, te miraré de cerca, y lloraré a tu paso, pues hoy te quiero más que nunca aunque sea difícil de creer. Te secaré el sudor cuando llegues a casa, y te guardaré las viandas de la cena.
Llegarás cansado, con las fuerzas mermadas, y sin mí, aunque esté en tu corazón, no estaré en el momento más emocionante para todos, y lo entiendes.
Me cuesta creerlo, me cuesta no ver lo que más deseo, y lo haré por tí, para no herirnos el alma.
Los que formamos parte de tu vida, estaremos allí esperando tu llegada, esperando el paso de la procesión, queramos o no, sintamos o no, lo mismo que tu.
Esta noche de Domingo de Ramos, buscaré tu mirada, y enjugaré mis lagrimas sin que tu puedas verlo, para que no las sientas. Estaré, creo en el lugar exacto a la hora prometida como hace años, con la misma ilusión o más, de la primera vez, y sabiendo esta vez que tu eres parte de mi vida, y yo soy una parte de ti.
Y al que no lo quiera ver que le quiten la niebla de delante de los ojos.
Ya empezamos a preparar la Semana Santa en las casas de aquellos que procesionamos, o de aquellos que somos adeptos a estas fiestas y que cumplimos con la Cuaresma, planchamos hábitos enormes y llevamos dos meses ensayando y mirando al sol, teniendo el timbal en un rincón de la casa, buscando un bolso grande donde llevar provisiones para aguantar la procesión para repartir con quien después de 6 horas puede sentarse y comer.
Paseábamos ayer Avelino y yo por el centro y en muchos escaparates, como este de la foto, podemos encontrar nazarenos hechos a mano, recordándonos que ya esta cerca, que ya llega el sonido ensordecedor de los miles de tambores y bombos de nuestra Semana Santa.
Como otros años llenaré de lágrimas mi rostro cuando vea al amigo, al ser amado, al descalzo, y al que arrastra las pesadas cadenas de la penitencia.
Es una semana para creer, bueno y para no creer, pero para estar en familia, como antaño, cuando el Domingo de Ramos había huevo de Pascua en casa, y venían los que ya no están a comer. Cuando era niña me tapaba los oidos con dos kilos de algodón para no oir nada, y hoy no puedo vivir sin escucharlos. Hay que ver como cambia la vida, y una misma.